LA VIOLENCIA TAMBIÉN ALCANZA A LA POLÍTICA

La violencia en Morelos no parece distinguir entre ciudadanos, empresarios, funcionarios o personas dedicadas a la actividad política. En los últimos días, dos casos distintos han vuelto a colocar este tema sobre la mesa: el proceso judicial contra la síndica de Yautepec, Karla “N”, y el asesinato de Víctor Manuel Amado de León, dirigente del partido PAZ en Coatlán del Río. No se trata de hechos que, hasta ahora, hayan sido relacionados oficialmente, pero ambos forman parte de un contexto que resulta difícil ignorar.
En Yautepec, la investigación por el ataque ocurrido el pasado 30 de junio dio un nuevo giro con la vinculación a proceso de Karla “N”, síndica municipal. La Fiscalía de Morelos señala su probable responsabilidad en los delitos de homicidio calificado y homicidio calificado en grado de tentativa, relacionados con una agresión que dejó tres personas muertas y nueve heridas.
Entre las víctimas se encontraba Miguel Ángel Tijera, quien trabajaba como asistente de un diputado federal y era esposo de Sandra Fernández, aspirante a la presidencia municipal de Yautepec. El ataque ocurrió durante una reunión en la que varias personas se habían congregado para observar un partido de la Selección Mexicana.
La síndica fue detenida el 18 de agosto y, tras comparecer ante un juez, se determinó que continuará en prisión preventiva mientras avanza la investigación. Con ella, suman cuatro personas vinculadas a proceso por estos hechos. El expediente todavía deberá determinar con precisión la participación que tuvo cada uno de los acusados.
En otro punto del estado, la violencia alcanzó a Víctor Manuel Amado de León, coordinador distrital y dirigente del partido PAZ en Coatlán del Río. Su asesinato provocó la condena de la dirigencia estatal, que además solicitó a la Fiscalía una investigación profunda para encontrar a los responsables.
Hay un elemento que destaca en este segundo caso: de acuerdo con el propio partido, Amado de León había recibido amenazas antes de ser asesinado. Esa circunstancia deberá ser considerada dentro de las investigaciones para establecer si las advertencias estaban relacionadas con su actividad política, con algún conflicto personal o con cualquier otra circunstancia.
Los dos episodios no tienen, hasta este momento, una conexión oficialmente establecida. Uno corresponde a una investigación por un ataque colectivo en Yautepec y el otro a un homicidio en Coatlán del Río. Sin embargo, ambos permiten observar un fenómeno más amplio: la violencia y la inseguridad también están alcanzando a personas que ocupan cargos públicos, participan en partidos o buscan obtener una posición dentro de la estructura política.
Y es precisamente ahí donde surge una hipótesis que, por ahora, pertenece al terreno del análisis y no de los hechos comprobados: la posibilidad de que en determinadas regiones exista un poder de facto capaz de influir o ejercer presión sobre actores políticos y autoridades, incluso al margen de las instituciones formalmente establecidas.
Hablar de un supuesto poder paralelo no significa afirmar que exista una estructura de ese tipo detrás de estos dos casos. Para sostener una conclusión así se necesitan investigaciones, pruebas y elementos que actualmente no son públicos. Pero la pregunta aparece cuando la violencia deja de ser un problema exclusivamente de seguridad y comienza a tocar a quienes participan directamente en la vida pública.
Si quienes ocupan cargos municipales, coordinan partidos, aspiran a gobernar o colaboran con funcionarios también son víctimas de amenazas, ataques o investigaciones relacionadas con hechos violentos, la discusión deja de limitarse a la inseguridad cotidiana. También surge la necesidad de preguntarse hasta qué punto las instituciones mantienen el control efectivo de los territorios y qué actores pueden estar intentando imponer sus propias reglas.
Publicado el 25 de agosto de 2026
